Como madres, a menudo percibimos a nuestros hijos como una extensión de nosotras mismas. Dado que los trajimos al mundo, esperamos que compartan nuestros pensamientos y sientan lo mismo que sentimos nosotras. Queremos que sean individuos independientes y seguros de sí mismos, pero cuando comienzan a diferenciarse de nosotras, sentimos ansiedad y reaccionamos emocionalmente. Creemos saber siempre lo que es mejor para ellos y, consciente o inconscientemente, podemos obstaculizar su proceso de separación.
Como madres, nos quejamos a menudo de que los padres no se involucran lo suficiente con los niños, pero al mismo tiempo dudamos en dejarles su cuidado. Queremos que nuestro hijo nos ame más que a nadie. En realidad, la causa principal de este comportamiento es el dolor insoportable que provoca la separación de nuestro hijo.
Cuando alguien más sostiene a nuestro bebé en brazos, sentimos una incomodidad indefinida. Cuando nuestro hijo suelta nuestra mano y quiere caminar solo, cuando dice “Adiós mamá” en la puerta del jardín de infancia sin mirar atrás, cuando no necesita a sus padres el primer día de escuela, o cuando planea sus primeras vacaciones con amigos o quiere estudiar en el extranjero, experimentamos el mismo sentimiento.
La forma en que vivimos estos momentos de separación depende en gran medida de la actitud de la madre. La madre debe aceptar que el niño necesita separarse de ella y permitir que eso suceda. Porque la mayoría de las veces no es el niño quien no puede separarse, sino la madre quien no puede dejarlo ir. Cuando a una madre le resulta difícil soltar a su hijo, este tiende a desarrollar el mismo tipo de dependencia.
Cuando los niños nacen, sienten una necesidad innata de vincularse con su madre o con la persona que los cuida. Que este apego sea saludable o no depende en gran medida de la calidad de la relación madre-hijo. El niño percibe el mundo como un lugar seguro cuando su madre satisface sus necesidades y le muestra amor y atención constantes.
Si la madre no logra responder adecuadamente a las necesidades físicas y emocionales del niño, o si ella misma experimenta altos niveles de ansiedad, el sentido de seguridad del niño puede verse afectado. En tal caso, el niño se siente amenazado cuando está lejos de su madre y desarrolla ansiedad por separación.
Para que el niño se adapte de manera saludable a la separación, la madre debe gestionar conscientemente este proceso. Si la madre siente una gran ansiedad cuando está lejos de su hijo, el niño percibe esta ansiedad y ve la separación como una amenaza. Como resultado, el niño tiene dificultades para adaptarse a nuevos entornos, no disfruta de nuevas experiencias y entra en un ciclo de ansiedad por separación.
Algunas madres creen que solo ellas pueden cuidar adecuadamente de su hijo y, por eso, intentan mantenerlo siempre cerca. Sin embargo, esta dependencia se convierte con el tiempo en una carga pesada tanto para la madre como para el niño. En algún momento, la madre puede sentirse emocionalmente agotada y empezar a rechazar al niño, perdiendo el equilibrio en la relación. El niño, por miedo a perder el amor de su madre, comienza a actuar para mantener su atención, lo que puede provocar berrinches, terquedad y problemas de comportamiento.
Los niños que desarrollan dependencia enfrentan grandes dificultades cuando llega el momento de comenzar la escuela. Al ingresar al jardín de infancia o a la escuela primaria, pueden desarrollar una fuerte ansiedad por separación, miedo a la escuela o incluso fobia escolar. Estos niños pueden inventar excusas para no ir a la escuela o mostrar síntomas físicos como náuseas, vómitos o dolores de cabeza.
✔ La madre debe reconocer y aprender a gestionar su propia ansiedad por separación.
Para que el niño pueda actuar de forma independiente, la madre debe primero aprender a dejarlo libre. Buscar ayuda profesional puede ser beneficioso si es necesario.
✔ Acostumbrar al niño a separaciones cortas desde la primera infancia.
Desde los primeros meses, es importante que el niño pase tiempo con otras personas además de su madre. Las separaciones breves ayudan a desarrollar un apego seguro.
✔ Aumentar gradualmente la duración de las separaciones.
A medida que el niño se acostumbra a separaciones breves, el tiempo puede aumentarse gradualmente. Comience con ausencias de media hora y aumente poco a poco. El niño debe experimentar que su madre se va con tranquilidad y siempre regresa.
✔ Los entornos sociales reducen la dependencia.
Los niños con riesgo de desarrollar dependencia deben comenzar a asistir a guarderías o jardines de infancia antes de la escuela primaria. Estar en entornos sociales desde temprana edad ayuda a reducir el nivel de dependencia.
✔ Los padres deben ser firmes durante el proceso escolar.
Mantener una actitud firme frente al llanto, las excusas o la resistencia del niño facilita un proceso de adaptación más rápido y saludable.
✔ En caso de ansiedad intensa, buscar apoyo profesional.
Consultar a un psicólogo infantil puede facilitar el proceso para los niños que experimentan ansiedad por separación.
Para que los niños se conviertan en individuos independientes, las madres deben aprender a dejarlos ir. La individualización del niño es una parte natural del desarrollo saludable, y es fundamental que los padres aborden este proceso con conciencia.
Cuando un día tu hijo te diga “Adiós mamá” y corra hacia la escuela o sus amigos sin mirar atrás, puedes sentir una punzada en el corazón. Pero ese sentimiento es en realidad la señal más clara de que tu hijo se ha convertido en una persona fuerte e independiente. La esencia de la maternidad radica en experimentar la dulce tristeza de la separación mientras permitimos que nuestros hijos crezcan libremente.